Hablando de todo

EL MAGO

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Antes de que el reuma venciera sus sueños de alquimista y su vocación inquebrantable de vagabundo sin estrella, Florencio Pellicer, su padre, había sido el Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón, el Magno Maestre Secreto de la Sagrada Orden de los Templarios, el único hombre del mundo que había probado el elixir eterno del Santo Grial y el Heredero Legítimo de todos los Enigmas del Inframundo, y a pesar de todo había muerto una noche de in­vierno en el interior de una carreta con olor a leones seniles, rodeado de enanos y de payasos, sin haber logra­do su más ansia­do sueño: levitar en la pista del circo Palace sin ayuda de­ artificios, acompasado por la ópera Lohengrin de Wagner, que muchos años atrás había oído cantar en un teatro del Loira, cuando nuestra carpa trashumante aún tenía coraje para vencer el rigor de las fronteras.

El único legado que Florencio Pellicer cedió al hijo fueron sus títulos opulentos, su destreza en el uso de la grandilocuencia y una colección de trucos taumatúrgicos que Lucio perfeccionó con el tiempo, idean­do combi­naciones nuevas que revestía de exotismo o de vulgaridad, de alegría o de amargura, según su ánimo cambiante o el estado de su espíri­tu peregrino. También le dejó la herencia de su sangre visionaria y con ella el estig­ma del fracaso, pero por la época en que su padre murió, Lucio Pelli­cer aún no lo sabía, o al menos eso mantuvo él durante muchos años. De modo que se entregó confiado al arte de simular prodigios sin padecer otras inclemencias que las propias de su vida errante.

Nosotros lo mirábamos con delectación en los atardeceres rurales, a la sombra de cualquier árbol o desafiando al sol en las llanuras polvorientas donde nos ubicaban los ayuntamientos de turno. Llevaba siempre un sombrero de copa que no perdía el color, hiciera calor o frío, le conviniera o no a su atuendo. Sólo se despojaba de él al entrar en los bares o al saludar a las muje­res, sobre las que ejercía un influjo especial que todos envidiábamos. De él llegó a sacar artilugios insospechados, animales salvajes y domésticos y tiras interminables de pañuelos coloreados cuyo origen fue siempre un misterio. Pero lo que más estupor causó en la pista y entre la gente del circo fueron sus famosas “Papeletas del Destino Fidedigno”, que muchos terminaron pagando a precio de oro cuando corrió el rumor de que eran auténticas. Al terminar las funciones, los clientes formaban colas increíbles en la puerta de su carromato, donde entraban por turnos para meter la mano en su sombrero. A unos les trabajaba gratis, e incluso les daba cantidades de dinero que nunca se supieron, y a otros en cambio les cobraba fortunas opulentas tras dejarles sacar la cartuli­na, en función de su situación económica y de las líneas de su porvenir. Había personas a quienes miraba a los ojos y ni siquiera les permitía entrar en el juego, bien porque su destino estuviera cumplido, porque fueran incapaces de soportar los envites de la verdad o porque la intriga formara parte del juego. Las “Papeletas del destino fidedigno” tenían la virtud de descolorarse con el tiempo; a veces duraban días con las letras en su sitio y a veces minutos. Otras, como la mía, más de media vida.

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Hubo una época en que Lucio Pellicer también echaba las cartas, leía las runas y pasaba las horas garabateando cuartillas con los ojos cerrados. Llegaron a comentar que las papeletas las escribía del mismo modo, pero nunca pudo demostrarse tal cosa. Por aquellos días llegaron artistas nuevos al circo y los rumores estaban a la orden del día. Había que verlo en la mesa camilla, con el sombrero puesto, hablando del futuro y del pasado como un espíritu veterano, barajando como un tahúr aquellas cartas de dibujos insólitos con las que pudo amasar fortunas; pero los clientes preferían, sin duda alguna, el enigma de las papeletas del destino, cuya naturaleza nunca fue desentrañada por nadie del circo, ni siquiera por las múltiples mujeres que le acunaron los amores y las tristezas en el lecho de su carromato. El rumor de su inusual habilidad recorrió todo el país, y la gente perseguía al circo por los pueblos, pernoctaba en los alrededores del campamento y cruzaba la frontera con el lastre de la incertidumbre agarrado a las pupilas. Trabajaba durante noches interminables, después de las funciones, y antes incluso, y regalaba fortunas a personas que no lo merecían o a mujeres que nunca lo amaron, y que tan sólo buscaban su generosidad o su fama de amante indomable.

En algunos momentos, durante aquellos días del circo Palace, temimos seriamente por su salud, pues igual enflaquecía notablemente en una jornada que se demacraba hasta el extremo en otra, sin que hubiera motivo aparente o padeciera enfermedad visible. Había semanas que perdía el sueño por comple­to y barzoneaba de madrugada por el campamento, con los ojos acristalados, el sombrero en la cabeza y las manos a la espalda. Charlaba con los leones con la misma naturalidad de un párroco y miraba con nostalgia el fondo del som­brero. Yo creo que aquellas bestias salvajes fueron las únicas que lo oyeron hablar, alguna vez, de sus quimeras o sus nostalgias. Nosotros nos limitábamos a preguntarle por la salud, a llevarle alguna taza de caldo caliente y a distraer su soledad comentando cosas terrenales, pero él derivaba al momento en las experiencias de sus clientes, hábitos asombrosos, utopías impracticables que ponían la piel de gallina y arrancaban gestos de incredulidad, y que él tomaba en serio, aunque nosotros sólo viéramos en ellas el producto de su ingenio sobrenatural: un fotógrafo empeñado en retratar el espíritu de una mujer a quien amó de lejos, un alcohólico que hablaba con los muertos y leía el futuro en las manchas de su piel, un notario empeñado en construir un tren que alcan­zara Singapur sin cambiar de vía… Historias de locos que llegaban a su carro­mato, o quizás y tan sólo el producto exclusivo de su imaginación, gracias a la cual enriqueció cien veces y empobreció otras tantas.

Nadie se explicaba cómo Lucio Pellicer seguía en el circo, arrastrando un destino peregrino que nadie amaba, cuando en verdad tenía dinero para comprar y vender el circo Palace cuantas veces quisiera. Unos decían que permanecía unido a la carpa por pura añoranza de su padre, y otros que no tenía dónde ir, que su inmadurez manifiesta le impedía echar raíces en alguna parte. La verdad es que Lucio Pellicer pudo ser mucho más de lo que fue, y nosotros con él, pero se resistía a tomar las riendas del circo e incluso a pere­grinar por su cuenta. Hubiera sido el mejor mago del mundo, y en cambio se resignaba a vivir en un carromato mientras el resto del planeta buscaba lo contrario.

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Sólo una vez sintió la tentación de ser independiente. Intimó con una equilibrista rubia que llegó al circo por una temporada y con ella se encerró durante noches enteras, gimiendo y aullando, escandalizando al resto de las familias y a la gente que guardaba cola para el día siguiente. En la pista seguía siendo el mejor, e incluso había logrado superarse, perfeccionando sus trucos hasta la locura y creando otros nuevos. Su sombrero de copa parecía por aque­lla época el baúl de un dios peregrino, y de él salían cosas imposibles, objetos que sencillamente, por su tamaño, no cabían en un sombrero. Parecía como si el amor hubiera multiplicado su inspiración en la pista, como si hubiera pres­cindido de los trucos, de la imaginación, para crear magia de verdad. Fue cuando adoptó los títulos rimbombantes de su padre, de forma que yo tenía que presentarlo ante el público como El Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón, El Magno Maestre Secreto de la Sagrada Orden de los Templarios o El Heredero Legítimo de todos los Enigmas del Inframundo. Se quitaba el sombrero con una reverencia medieval mientras yo decía aquello, y entonces, de cerca, yo veía el fondo y me parecía imposible que luego sacara de allí las cosas que sacaba.

Aquella equilibrista, seguramente, fue la única persona del mundo que compartió con él las mordeduras fatales de la soledad. Una tarde se presenta­ron en el campamento con un coche flamante que más parecía el transporte de un rey que el capricho de un soñador. Lucio empezó a dar vueltas en torno a la carpa, subió en él al forzudo, a los payasos, al domador, a los enanos y a todos los que quisieron pasearse, y así estuvo hasta que el coche agotó la gaso­lina. Al día siguiente fue al pueblo con una garrafa vacía, volvió, llenó el depósito y se marchó con la equilibrista rubia y una fortuna incalculable en dos maletas de cuero. Así, sin perder el tiempo en despedidas. La gente de las colas marchó sin su papeleta del destino fidedigno, y nosotros, los de siempre, nos quedamos en el circo Palace, especulando durante noches enteras con la suerte de Lucio Pellicer, y le inventábamos la vida según habíamos soñado la nuestra. Unos lo imaginaban peregrinando por América; otros en una granja apartada del mundo, cuidando de una familia, sin otra preocupación que man­tener en orden los hábitos cotidianos; la mayoría lo situaba en los mejores hoteles del mundo, viviendo a manta de Dios; algunos esperaban verlo regresar con un circo de varias pistas, una carpa de lujo donde los amigos pudieran enriquecer con facilidad; y todos, cada noche, poníamos la radio para saber si Lucio Pellicer había tocado ya la cumbre de la gloria. Pero nada. Nadie parecía conocerlo, a pesar de su especial predisposición para el triunfo.

Transcurrieron al menos tres años, y cuando casi habíamos perdido el recuerdo de Lucio Pellicer, lo vimos aparecer una tarde sobre una bicicleta, con su sombrero de copa, sin dinero y sin maletas, sin equilibrista rubia, sin circo de siete pistas, sin triunfo y sin amor, buscando la querencia de los ena­nos y el vago recuerdo de Florencio Pellicer. Seguía presentándose ante el público como El Gran Mago Custodio de los Misterios Ocultos del Templo de Salomón y como El Heredero Legítimo de todos los Secretos del Infra­mundo, y manejando el sombrero con la misma facilidad de antaño, pero había perdido el brillo romántico de su mirada y se negaba a hablar de los años enigmáticos de su ausencia.

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Pronto empezó a trabajar de nuevo con sus famo­sas “Papeletas del destino Fidedigno”, y la fortuna y las colas regresaron a la puerta de su carromato. Seguía ejerciendo el mismo influjo sobre las mujeres y cobrando y repartiendo fortunas con la misma facilidad, como si los rigores del desamor y los padecimientos del abandono no hubieran vulnerado su ino­cencia. Pero los más cercanos a él sabíamos que su visión del mundo había cambiado, tanto y de tal forma que por primera vez lo vimos llorar, de desam­paro o de nostalgia, y supimos que por alguna extraña razón se producían fallos en las papeletas del destino; o bien la gente no acertaba a sacar la buena del sombrero o los arrebatos del amor le habían robado facultades a la hora de influir a distancia en la decisión de los clientes. Ahí empezó su declive, y cuando la televisión y los tiempos terminaron con los circos, volvió a marchar­se, pero esta vez para siempre. Tomó entonces la costumbre de enviar cartas, y así supimos que compró una casa en una ciudad costera y que acabó convir­tiéndola en pensión para transeúntes y turistas de mochila, que había colgado su famoso sombrero de copa y que había engordado veinte kilos en dos años. Luego, al poco tiempo, el circo Palace cerró las puertas, y cada uno tomó, ciertamente, el rumbo que una vez apareció escrito en su papeleta del destino.

Yo había ahorrado una pequeña fortuna. Regresé a mi pueblo natal y también compré una casa, con un enorme jardín a la entrada donde sembré geranios, paraísos y bouganvillas. Y varios años después, en un viaje de placer que hice a Barcelona, me encontré con Lucio Pellicer en una cafetería del centro, por casualidad. Había sentado cabeza al fin y casado con una mujer que multiplicó sus pocos ahorros rápidamente. Volvió a hablarme de aquel notario empeñado en construir un tren que llegara hasta Singapur y del fotó­grafo que inventó un artilugio para retratar el espíritu de una mujer a la que amó de lejos, y también recordó a su padre, pero no mencionó para nada los días de su fuga ni las fortunas derrochadas. Confesó, quizás formalmente, que una vez fue mago de verdad, que poseyó en serio los misterios ocultos del templo de Salomón y los secretos del inframundo, y que soñó con levitar en directo, sin necesidad de trucos, oyendo la ópera Lohengrin de Wagner. Yo guardé silencio. Si alguna vez fue mago, o cosa parecida, es algo que no puedo confirmar, ni creo que él pueda hacerlo. Antes de despedirnos me llevó a su casa y me regaló el sombrero de copa, que acumulaba polvo en el ropero, olvidado para siempre.

Algunas noches de verano, en la tranquilidad del jardín, tomo el som­brero y lo estudio con cierta inquietud. Aún me parece imposible que pudieran salir de allí tantas y tan extraordinarias cosas, aunque tampoco tengo por qué saberlo; lo mío, en aquellos tiempos del circo Palace, no era la magia, sino colocar las sillas bajo la carpa, presentar a los artistas, mantener limpio el escenario y hacer en secreto las famosas “Papeletas del destino fidedigno”, en la penumbra de mi mesa, cuando cerraba los ojos y mi mano, sin saber cómo, escribía sola.

 

5 comentarios
  1. Me quito el sombrero aunque no ses magico

  2. Mágico, perdón

  3. Me encanto esta otra historia. Todo me lo imaginé?

  4. Con que facilidad nos llevas al misterio,en cambio no desentrañas nuestras dudas y nos dejas con un sombrero viejo.
    Me gustó mucho tu relaton

  5. Me encanto, me encanto, me encanto, que hermosa historia !

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