Hablando de todo

EL DIABLO EN LA BATALLA

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Cuando aquella tormenta caprichosa y brutal se detuvo sobre el tejado de la hacienda Alamo Grande, la tarde tomó un tinte escandalosamente paranormal, los caballos sobresaltaron sus barruntos en las cuadras y el mayoral Diego Escalante, que desde mediodía permanecía sentado al pie de la escalera intentando asimilar lo ocurrido en la alcoba del señor, se incorporó, se dirigió a la puerta del cortijo y decidió ir al pueblo a consultar con una copa de aguardiente dulce qué motivo habría impul­sado a don Bartolomé Abrahim a comportarse de aquella forma con su esposa, muerta desde hacía horas en la cama torneada que el duque trajo de Francia junto al sitial donde mataba su insomnio leyendo libros de caza, anotando antigüedades en el cartapacio o simplemente charlando con la noche, al pie del único ventanal que fue testigo impar­cial, durante más de treinta años, de una guerra sin cuartel, de un armisticio deseado y nunca firmado, de una confabulación de intransigencias orgullosas que nadie conoció jamás.

A esa hora de la tarde los lugareños iban al casino a tomar café y aguardiente, a buscar el seis doble con el ansia pobre del que busca tesoros falsos, del que halla una luz en ese laberinto de infelicidad donde se pierde el azar cuando se hace tedioso. Diego Escalante, todavía impresionado por lo sucedido en la casa del duque, se dejó caer en la barra del bar y endulzó el paladar de sus dudas hasta que el alcohol derribó el muro de aquella prudencia que lo hizo famoso en el cortijo Alamo Grande. Contó lo sucedido pero nadie lo creyó. Hasta los perros del pueblo sabían que don Bartolomé Abrahim Yerga, duque de Sorrentino, no se entregó a doña Trinidad Pascuala Gómez de Salazar ni el mismo día que contrajo matrimonio con ella. Nunca nadie los vio besarse, ni tomarse del brazo, ni pasear juntos por el pueblo. No engendraron hijos ni nada que pudiera parecerse, siquiera remotamente, a una incipiente amistad. Tampoco se supo nunca que don Bartolomé Abrahim tuviera amores secretos… El duque, estaba claro, no sintió jamás necesidad de mujeres, según todos los indicios porque su mundo eran los caballos, las antigüedades y, de cuando en cuando, las cacerías en el coto. Un abejorreo irónicamente cruel se extendió por la sala, se burló del azar en las mismas narices de los reyes de espada y se alojó descaradamente en la copa de anís del mayoral.

‑ Pues es verdad ‑sentenció.

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Y salió del casino, seguido de cerca por el murmullo punzante de la incredulidad, hostigado por el nerviosismo ansioso que el alcohol produce en el ánimo cuando se mera con el miedo y la duda. Él mejor que nadie sabía que don Bartolomé Abrahim nunca amó a su esposa, aunque siempre la respetara como si de verdad lo hiciera, y jamás comprendió que una mujer tan bella fuera incapaz de atraer el sentimiento, siquiera el instinto, de un hombre tan sensible como el duque. Diego Escalante, lógi­camente, no estuvo presente en la alcoba del cortijo Alamo Grande la noche que los novios regresaron, sumergidos en alcohol y bromas, del festín que se celebró en la hacien­da, el mayor y más abundante que se dio en la comarca por aquel entonces. Todo el pueblo fue invitado, se sacrifica­ron veintitrés cerdos, cuatro toros y cincuenta carneros; acudió gente relevante de Madrid, de las más importantes ciudades de España y hasta de Francia, de aquel París libertinamente exótico que lindaba con el fin del mundo. Incluso se recibió, en el momento álgido de la celebra­ción, un telegrama personal del mismísimo caudillo felici­tando a los novios por el acierto, deseando una vida en común llena de comprensión, amor y fe… Lo mismo que dijo el arzobispo cuando asperjó sus cabezas con el agua bendita de un hisopo de plata, regalo personal del Santo Padre, que sólo había utilizado, según dijo, en dos ocasiones: en el fallecimiento de su madre y cuando tuvo el honor de bendecir la espada del rey san Fernando en la catedral de Sevilla.

Aquella noche Bartolomé y Trinidad, ansio­sos por romper una virginidad que llegaron a odiar en nueve años de noviazgo, se despidieron de los invitados y entraron impacientes en el salón de la casa. Fuera, jalea­dos por el vino y las constelaciones del verano, los comensales entonaban coplas populares y se disponían a pasar la madrugada al relente. Dentro, a caballo de la euforia, Bartolomé tropezó con el mamperlán del primer escalón; Trinidad se rió a carcajadas y le dijo que el vino se había bajado a sus pies. Él la abrazó, la besó y la subió en brazos a la habitación. Allí hicieron lo que todos pensaron que harían: desnudarse. Bartolomé terminó primero y se tumbó en la cama. El alcohol abotargaba su cabeza y su ánimo, predispuesto a la broma tras del traspiés en la escalera. Justo cuando ella se dirigió al ropero a colocar el traje de novia, él apagó la luz. Trinidad zapateó en el suelo. “Enciende la luz”, le dijo. Barto­lomé la encendió y un segundo después, sobando la perilla con el pulgar, volvió a apagarla. Ella adivinó su mirada en la oscuridad. “O enciendes la luz o me voy a dormir al salón”. Y aguardó…

Bartolomé Abrahim, espe­rando entre risas cada vez más fuertes que ella cediera, soltara el traje y corriera a su lado, no la encendió. Trinidad Pascuala, creyendo que él se levantaría de la cama y la perseguiría por el corredor, salió de la habita­ción dejando la puerta entreabierta. Dos horas después, cuando hubo llegado a la conclusión de que Bartolomé no bajaría, adivinó que el pensamiento de su esposo se halla­ba embarrancado en el mismo lodazal que el suyo: el del orgullo. Y sumergidos hasta el cuello en ese fango que tantas pestilencias levanta en el alma, ambos llegaron a la irrevocable convicción de que ceder en ese instante supondría ceder siempre. Y aquella noche ninguno de los dos lo hizo. Por la mañana no se mostraron afectados por el incidente: se dieron los buenos días, desayunaron rebanadas con miel y pasearon sus suspicacias por los jardines que rodeaban la casa. Hablaron de la ceremonia y del banquete, del hisopo del arzobispo y del telegrama del caudillo; él le explicó las características fundamentales que diferenciaban a los arrayanes comunes de los brabánti­cos, y ella, inspirada en el colorido de los geranios, le habló de la inclinación que sentía hacia el mantón de Manila, bordado en seda y procedente de China, en detrimento del manto de soplillo, de tafetán extremadamen­te feble.

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Seis meses después, Trinidad Pascuala reci­bió un paquete extraño que parecía venir de muy lejos. Se sentó en el canapé del salón, junto a la chimenea, y lo abrió entre dubitativa y nerviosa: era un mantón de Manila decorado vivamente con motivos chinos. Gritó, se levantó y fue corriendo a abrazar a Bartolomé, que parecía ajeno a todo, inmerso como de costumbre en el cartapacio de las antigüedades. A un palmo del duque, el Diablo disfrazado de orgullo le sugirió que aquello era simplemente una trampa, y le recordó al oído que llevaba seis meses casada y seguía siendo virgen, que debía ser el duque quien diera el primer y definitivo paso… Se contuvo y regresó al canapé. El duque de Sorrentino pareció no inmutarse. Un segundo después, sin molestarse en cambiar de disfraz, el Diablo aconsejó a Bartolomé Abrahim que siguiera aguardan­do, que más a la corta que a la larga Trinidad Pascuala Gómez de Salazar terminaría cediendo ante el empuje de su indiferencia sexual, y le recomendó expresamente que forzara sus jugadas pero que nunca jamás se rindiera, porque estando las cosas como estaban, el primero que lo hiciera perdería la guerra. Y aquella noche volvieron a dormir juntos, cada uno en un extremo del lecho, dándose la espalda como dos entrañables enemigos.

Cinco años después, paseando de nuevo por el jardín, Trinidad vio a los gorriones jugueteando en el estanque, sintió una sed contagiosa, se acercó a beber y descubrió su rostro reflejado en las aguas, entre cadáve­res de avispas y hojas de níspero, y sintió en el espinazo la punzada cruel que da la impaciencia cuando se hace insoportable. Tenía treinta años, los hijos llamaban ya a la puerta del corazón… y a punto estuvo de rendirse. El Diablo, siempre con el mismo disfraz, la agarró del brazo y le dijo que los deseos, como las esperanzas y los mie­dos, son por lo general compartidos, que si ella necesita­ba hijos, don Bartolomé Abrahim Yerga, también. Y se contu­vo. No obstante le recomendó una estrategia infalible: la provocación. Por eso aquella noche y muchas más, Trinidad encendió la luz de la alcoba justo en el momento de en­trar, de desnudarse completamente, de rebullirse, siempre sin tocarlo, en el mismo espacio vital, y mortal, del duque de Sorrentino. Pero el duque, prevenido hacía tiempo por el mismo consejero de Trinidad, supo encontrar una puerta falsa en el laberinto intrincado de su guerra, una vía de retirada mediocre pero digna: el onanismo. Y a él se entregaba desenfrenadamente cada tarde, al ponerse el sol, cuando los gorriones buscaban refugio en las acacias, cuando el ocaso dejaba entrever los colmillos afilados de la soledad.

Una madrugada, varios años después, Trini­dad fingió tener una pesadilla, acercó su mano a ese lugar del cuerpo donde estaba segura que Bartolomé Abrahim guardaba aún su virilidad, y lo tocó. Él sintió miedo de flaquear y fue entonces cuando tomó la costumbre de sentarse a media noche en el sitial, de aguardar al cre­púsculo clasificando antigüedades a la luz del quinqué, siempre más discreta. Ella adoptó el hábito de bordar velos, como Penélope, y nunca más volvió a fingir una pesadilla ni a desnudarse en presencia de aquella fortale­za que se le antojaba indestructible. Y el deseo de ganar una guerra sin final cedió terreno, nueve años más tarde, a la posibilidad de firmar un armisticio condicionado. Por eso, en contra esta vez de los consejos del Diablo, Trini­dad camufló entre las antigüedades del salón un mosquete de mecha con cureña a la holandesa, ricamente decorada con grutescos, faunos y escenas de caza; una obra de arte del s. XVII por la que Bartolomé Abrahim hubiera dado su título nobiliario. Cuando el duque entró en el salón y lo descu­brió colgado entre los tapices, buscó con la mirada a Trinidad, a los encajes de un rostro que seguramente estaría aguardando un impulso afectivo, un error definiti­vo, pero no la encontró. Ella no pretendía conducirlo a una trampa tan simple recogida en los manuales militares de cualquier principiante. Su ausencia demostró el deseo de firmar una tregua indefinida y él lo comprendió, de modo que aquella noche durmieron juntos, de espaldas otra vez… todavía.

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Muchos años después, cuando el pájaro nocturno de la vejez comenzó a sobrevolar sus conciencias absolutas y sus cuerpos irremediablemente ajados, el duque de Sorrentino decidió romper el silencio nocturno. Empezaron a cuchichear de madrugada, a contarse secretos inventados, a mentirse descaradamente por el único placer de hablar. No obstante, aunque pasaban las noches en vela charlando de cosas intrascendentes, ninguno de los dos se tocó, y solo el día que un médico de la ciudad escribió a don Bartolomé Abrahim diciéndole que su anciana esposa tenía los días contados porque un cáncer la estaba devorando por dentro, la sorprendió con un abrazo, porque era lo mismo que ceder ante un cadáver. Una profunda pena consumió sus parcas ilusiones y un espantoso miedo a la soledad, sembrado por el Diablo en persona, creció como la cizaña en el campo, ahora sin lindes, de su incertidumbre. Despojó de antigüe­dades el salón de los tapices, vendió el coto y las esco­petas por cuatro perras, regaló muchos caballos por no tomarse la molestia de entrar en regateos y se convirtió en la sombra perpetua de Trinidad Pascuala, a la que perseguía por la casa con el ansia plomiza de un Judas arrepentido. Al mismo tiempo rehuía el contacto con el mayoral Diego Escalante y con los demás sirvientes de la hacienda, uno de los cuales lo sorprendió un día sentado en el suelo el baño esperando que doña Trinidad terminara de hacer sus necesidades. Fue cuando corrió por el pueblo el rumor de que don Bartolomé Abrahim se estaba volviendo loco.

Solo el Diablo sabía que no era así, que en realidad el duque de Sorrentino estaba tramando traicio­narse a sí mismo y rendirse al enemigo antes de que fuera demasiado tarde, antes de que un final sorpresivo inte­rrumpiera la contienda fulminantemente y los dos salieran derrotados. Estaba viendo debilitarse a Bartolomé Abrahim y temió perder la batalla en los últimos momentos, así que, curtido desde el principio de los tiempos en el arte de la guerra, se ciñó la coraza de la duda, se colocó sus mejores guanteletes de orgullo y atacó a zarpa­zos al duque de Sorrentino mientras pactaba con la muerte un final acelerado para Trinidad Pascuala.

Y la misma tarde de la rendición sin condiciones, la muerte penetró por la ventana de la alcoba mientras una tormenta brutal escandalizaba la hacienda, mientras don Bartolomé Abrahim Yerga, en presencia de Diego Escalante, que había subido las escaleras sobresaltado por el llanto de un viejo que le pareció un niño, hacía el amor a una mujer que no sentía absolutamente nada porque había traspasado ya el umbral de la muerte. Y cuando el mayoral contó en el casino que el duque había hecho el amor al cadáver de su esposa y nadie lo creyó, el Diablo, que rondaba las mesas disfrazado de rey de espadas, sonrió sardónicamente satisfecho porque una vez más su disfraz de orgullo había conseguido engañar a un sentimiento que presumiblemente desconocía: el amor.

 

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