Hablando de todo

EL LOCO

John W. Hawker gozaba de una merecida fama de dilapidador de fortunas. Hubiera sido uno de los hombres más ricos del mundo, pues ni la muerte, ni la ruina ni la prisión parecían sentirse atraídas por la estela taciturna de su presencia. Su tripulación lo sabía y él también. Por eso derrochaba los tesoros de sus saqueos, la abundancia desmesurada de sus conquistas, en los caprichos más insustanciales de la vida y en los antojos más baladíes.

En los juegos de azar, la victoria o la derrota eran para él concepciones secundarias. Lo mismo perdía un imperio en una noche que ganaba otro a la mañana siguiente y volvía a perderlo al atardecer, y siempre, detrás de cada lance, bebía una jarra de cerveza con los ojos cerrados. Disfrutaba viendo al prójimo hundido en la desazón de la derrota o sacudido por las emociones de la victoria, y en la mesa de juego sólo exigía un requisito: dignidad.

Más de un hombre murió en sus manos por violentarse ante el fracaso, y alguno hubo también que recuperó lo perdido sólo por sonreír ante la calamidad. Así era John W. Hawker. Ningún infortunio podía degradar su entereza ante las imprevisiones del azar. Por eso era el pirata mejor acogido en las tabernas costeras, en los puertos promotores de corsarios y en todas las islas y bahías donde la lujuria y el desenfreno abanderaban la vida de los marineros.

Cuando el Bergante atracaba en un puerto, había hombres que escapaban despavoridos, huyendo de una muerte segura, y hombres que engalanaban sus casas para dar cobijo a la tripulación del pendenciero más rico y generoso de todos los mares. Eso fue lo que sucedió una tarde de agosto en la próspera ciudad de Saint-Malo, donde el capitán John W. Hawker tenía una cita con el corsario Duguay-Trouin, el único del mundo al que no odiaba.

barco-pirata-puerto

Saint-Malo, defendida por murallas poderosas y por un castillo con cuatro torreones, le pareció aquel día una ciudad coqueta, escapada furtivamente de los renglones de alguno de sus libros. El viento marino, acunado en la bocana del puerto como en los brazos de una madre, desprendía un olor a salitre que purificó el pensamiento de John W. Hawker. No paladeó la felicidad aquella tarde, porque ese sabor lo tenía reservado el destino para contados momentos de su vida, pero sí intuyó, en las callejuelas de Saint-Malo, La Cité Corsaire, El Nido de las Avispas como le llamaban los ingleses, la fragancia etérea e inconfundible de los hechos insólitos.

No tardó en averiguarlo, durante una francachela infernal con Duguay-Trouin, donde el capitán Hawker gastó el equivalente a tres buques de guerra y el corsario derrochó el importe aproximado de cuatro palacios, conoció por casualidad a Jean Baptiste Desollet, el Loco, inclinado en una mesa mugrienta, frente a un vaso de ron, solitario, perdido otra vez en el laberinto enojoso de sus pensamientos.

Al verlo, John W. Hawker sufrió un escalofrío vertebral, una especie de sacudida interna que le hizo escupir la borrachera en el patio trasero de la taberna. Preguntó por aquel hombre enflaquecido y Duguay-Trouin le contó su historia empezando por los días de la infancia, terminando por su destino de loco solitario en Saint-Malo y pasando por sus días de cautiverio con los bucaneros de la Tortuga y por su conocida afición al juego, del que todos los truhanes del puerto lo habían marginado desde el día que perdió la razón y decidió apostar tan sólo al juego de las preguntas. Y Duguay-Trouin había oído tantos detalles de aquella vida maltratada y estrambótica, que al contarla por primera vez su cuento resultó absolutamente verosímil.

oro

Ciertamente Jean Baptiste Desollet sólo apostaba ya a su inconcebible juego de las preguntas: se colocaba dinero sobre una mesa y Desollet hacía tres preguntas; si el jugador las acertaba ganaba la apuesta, si no, la perdía. Pero cada una de las preguntas de aquel viejo escuálido podía tener innumerables respuestas, y sólo él podía decir si eran correctas o no. Un juego aparentemente ideado para ganar siempre. Desde entonces le pusieron El Loco y todo el mundo se negó a beber con él. John W. Hawker soltó una carcajada brutal al escuchar las reglas de aquel juego, pero sólo rió en apariencia, para que Duguay-Trouin no lo tomara por loco a él también cuando fuera a sentarse cara a cara con el viejo: cuatro jarras de vino antes, había decidido apostar sin condiciones. Se acercó a él bromeando, apoyado en la muleta, con el loro Gordon en su hombro izquierdo.

– Quiero jugar al juego de las preguntas -dijo.

El silencio se hizo en la taberna y Jean Baptiste Desollet, el Loco, levantó la cabeza con orgullo. Su mirada era roja, su rostro estaba deformado por las arrugas y esbozaba una sonrisa de águila en la comisura de los labios.

– Yo sólo juego con caballeros -contestó-, tú puedes hacerlo.

Pidieron vino y se sentaron frente a frente. John W. Hawker puso en la mesa una bolsa de doblones de oro, abierta. Desollet puso otra que sonó a chatarra, cerrada. La taberna entera rompió a reír y el loro Gordon susurró palabras de prudencia en el oído del capitán John W. Hawker.

– Los loros no juegan -aclaró Desollet-, pero ese puede intentarlo.

Los marineros y las prostitutas volvieron a reír, y entonces Jean Baptiste Desollet hizo la primera pregunta.

– Dime algo más difícil que decir siempre la verdad -interrogó con las cejas arqueadas.
John Hawker reflexionó un momento. Bebió de un trago una jarra de vino y luego respondió:

– Escribir un verso en la orilla del viento.

Desollet pareció dudar un instante, balanceó la cabeza y luego asintió.

– Me viene justo -dijo-, muy justo, pero lo acepto.

Un rumor de incredulidad sacudió la taberna. Era la primera vez que Jean Baptiste Desollet daba por válida una respuesta.

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– A ver -dijo después-, algo más fácil y seguro que morir.

Ahora, John W. Hawker ni siquiera lo pensó:

– Odiar -contestó.

Desollet también la admitió, a pesar de que todos los presentes creían tener otras respuestas tan seguras y válidas como aquella. Después, el Loco acercó tanto su rostro a John W. Hawker que su aliento de hielo quedó grabado para siempre en la memoria del capitán.

– Recuerda que eres un caballero -le dijo antes de formular su última pregunta-, dime algo más doloroso para un hombre que oír la verdad.

John W. Hawker palideció de repente. Volvió a beber vino, se quitó el bicornio de paño y pronto el pañuelo de lunares que cubría su cabeza se percochó de un sudor pegajoso. No se mostró alterado, simplemente agachó la cabeza, pero ya el loro Gordon sabía que estaba vencido.

– La mentira -dijo Gordon con un graznido de cuervo nervioso que volvió a levantar carcajadas-, la tortura, la cárcel, el hambre, las jaulas, la soledad…

Pero John W. Hawker lo hizo callar de un manotazo. Se levantó de la silla y dejó caer en la mesa otra bolsa de oro. Luego siguió bebiendo con su amigo el corsario Duguay-Trouin. Se contaron historias de batallas, hazañas que hicieron temblar a los taberneros y a los corsarios más crueles, cuentos y leyendas de hombres despiadados que parecían haberse educado en el infierno, pero ninguno de los dos quiso recordar el juego de las preguntas. Sólo al amanecer, en su habitación del palacio de René Duguay-Trouin, John W. Hawker rompió a llorar en silencio, mientras Gordon le recriminaba sin piedad el vicio estúpido de tirar el dinero y Jean Baptiste Desollet, el Loco, arrojaba una bolsa de oro al mar, en presencia de unos marineros que quisieron coserlo a puñaladas por cometer semejante crueldad.

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