Hablando de todo

EL OBRERO MANIRROTO – CUENTO POPULAR DEL RÉGIMEN (No apto para niños críticos)

Érase que se era, hace poco tiempo, hijo mío, en un reino cuyo nombre avergüenza recordar, que un honrado padre de familia alimentaba a su prole con el sudor de su frente y la sangre de sus manos. Durante siglos, el plato típico del reino había sido el mendrugo de pan al aroma de agua de pozo con guarnición de cebollas pasas, entre la clase proletaria, claro está. Entre los pudientes se estilaba el asado de faisán a las finas hierbas o el solomillo de pato con pesto de nueces. Pero los tiempos habían cambiado, el reino era próspero, el rey tan campechano como un cazador de conejos, el dinero entraba a espuertas y los ministros y los bancos lo administraban con prudencia y honradez. Fíjate si era próspero, hijo mío, que llegó a encabezar la champions league del continente y era la envidia de los reinos fronterizos. Pero el diablo tentó al obrero. De buenas a primeras empezó a vivir por encima de sus posibilidades sin calibrar las consecuencias que su dispendio acarreaba al reino.

Atento al disparate, hijo mío, para que veas dónde lleva la avaricia, la gula y todos esos derechos de ricos que acechan a los pobres: quitó los techos de uralita y puso tejas, cambió la bicicleta por un vespino para ir al trabajo, despreció el plato típico del reino, el mendrugo de pan al aroma de agua de pozo, sustento de sus padres y enseña de sus tradiciones, y empezó a comer yogures, atún en conserva, croquetas y gambas congeladas, hamburguesas, jamón envasado y hasta mazapanes en Navidad. Y más aún: el día de reyes regalaba juguetes y los domingos llevaba a la familia al bar del barrio e incluso al cine.

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¡Bueno! En su delirio de grandeza compraba hasta libros. ¡Ay, hijo mío, nada bueno puede esperarse de un obrero que lee libros! Y hasta películas alquilaba, y un verano se fue una semana a la playa de Chipiona, de vacaciones a un camping, como los burgueses, ¡hala, la vida es bella! ¡Viva el derroche! Porque pensaba él, en su avarienta ignorancia, que con su parco salario y la ayuda de los bancos, siempre caritativos en el reino, podría sostener mucho tiempo aquel desenfrenado tren de vida.

Pero hete tú aquí, hijo mío, que su mal ejemplo cundió y muchos obreros del reino quisieron vivir por encima de sus posibilidades. Y lo hicieron. Hubo algunos que hasta compraron pisos con dinero prestado del banco, pensando, como los ricos, en no devolverlo. Y hasta ordenadores, y se conectaban a Internet como si fueran informáticos e incluso tenían cuenta en Facebook para escribir contra el régimen y teléfonos móviles. En fin, un desatino. Mejor olvidar aquellos tiempos de dispendio y locura.

¿Y qué ocurrió, hijo mío? Pues lo que tenía que ocurrir, que el reino se hundió en la miseria. Eran tantos viviendo por encima de sus posibilidades… Y los honrados y capaces ministros del rey tuvieron que subir los impuestos, devolver a su sitio los astronómicos salarios, bajar las pensiones, devolver el dinero a los incautos y rumbosos bancos… En fin, para qué decir. ¡Y menos mal! Menos mal que la emperatriz de Alemania ayudó y el pueblo supo elegir a políticos honrados y capaces, que si no, hubiéramos visto obreros desahuciados de sus pisos, haciendo cola en los hospitales, durmiendo en la calle o cogiendo comida en la basura. Ojalá hayas pillado la moraleja, hijo mío. Colorín azulado, este cuento no ha acabado.

2 comentarios
  1. Eres estupendo ,éste tipo de ironía crítica ¡me encanta!

  2. Muy bueno el cuento con ese tono irónico que refleja la cruda realidad. Me encanta. Pero yo cambiaría el final, aunque bien dices “…este cuento no se ha acabado”.

    Yo no diría “Menos mal, que la Emperatriz de Alemania…” Para mí sería: “Y dándose cuenta de la situación en la que quedó sumida este país, la Emperatriz alemana decidió ayudarles, y así se aseguraba la fidelidad y apoyo de este reino en todas las decisiones que ella tomara, puesto que debiéndole tanto dinero no podría permitirse disentir ni negar nada que la Emperatriz le ordenase”.

    Gracias Jose Antonio.

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