Hablando de todo

EL REY

Recuerdo divinamente a ese rey de hace medio siglo. Aquí en Sevilla. Parece que lo estoy viendo. Estaba en una tienda pequeña cerca de casa, entre la iglesia de Santa Catalina y el Colegio San Francisco de Paula, al que fui muchos a26195363_10215271133554468_6683743251207941328_nños. Era una tarde fría que olía a garrapiñadas y a castañas asadas, sabía a caramelos de café con leche, sonaba a villancicos de transistor barato y tenía un color ceniciento y neblinoso como de nostalgia adormecida en presagios de lluvia.

Recuerdo la algarabía de niños impacientes esperando su turno para retratarse, el descortés muñeco de plástico en la pierna del rey, el buzón adornado con estrellas de papel, el balón de préstamo, el tacto suave de los guantes, la barba de algodón sujeta a la túnica con un adorno bermellón… Todo lo evoco como si lo viera, lo paladeara, lo oliera o lo oyera, como en una insólita regresión a una infancia remota de contrastes y ausencias.

Me impactaron los zapatos de su majestad. Le restaban alcurnia y cuestionaban el añil de su sangre. No era calzado para reales pies: cuarteado, polvoriento, deformado por las leguas y los caminos de aquella España de subsistencia… Al irme me dio un beso y me traspasó con unos ojos opacos, ausentes y hondamente tristes que también recordaré siempre. Me fui con mi puñado de caramelos, pensando en el día siguiente, feliz en mi ignorancia.

Hoy, medio siglo después, volvería a retratarme con aquel rey, aunque sus ojos fueran los de un perdedor y sus zapatos los de un vasallo. Quiero creer que era rey de verdad y tal vez mago, una especie de alquimista o astrólogo que obró en mí alguna suerte de prodigio o de sortilegio, pues aún creo en estrellas de papel y en sueños de algodón, en héroes peregrinos y en reyes descalzos -cosas en las que no cree casi nadie-, y me aferro a la ilusión y a los días como un niño a un puñado de caramelos.

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