Hablando de todo

EL ÚLTIMO AUTOBÚS DE LA LÍNEA 15

La oscuridad y el frío le habían permitido pasar inadvertida durante toda la noche, pero al amanecer, cuando las aceras de la avenida se llenaron de pasos rápidos y entrecortados, su inamovi­ble sueño y su belleza exuberante despertaron las sospe­chas de los ejecutivos que caminaban presurosos al trabajo y sembra­ron la curiosidad entre los usuarios del autobús, que pronto se agolparon tras los cristales de la parada para contemplar su imposi­ble cabello de oro y conjeturar sobre la postura de muerta formal que exhibía en aquel banco metalino y frío. Melchor Sacristán, que compartía el otoño con la soledad y el aburrimiento, fue uno de los primeros en descubrirla, y levemente, en la trastienda de la memo­ria, creyó reconocer su cabello y sus manos de nácar, que escapaban del jersey y se cruzaban sobre el pecho, como si alguien las hubiera puesto allí intencionadamente, pero había visto tantos mendigos en aquella ciudad de edificios inteligentes, que pronto relacionó las impresio­nes de su memoria con la posibilidad de haberla encontrado antes en cual­quier otro banco de cualquier avenida, quizás durmien­do como ahora.

– Hay que ver cómo está la vida -pensó en voz alta-, tan joven y en la calle.

Entre la gente, muy cerca, una mujer embutida en un abrigo de lana lo miró de soslayo, como a un lunático. Llevaba una bufanda al cuello y guardaba las manos en los bolsillos.

– No diga usted disparates hombre -contestó-, esa chica está limpia, bien vestida, bien peinada. ¿No ve el pelo que tiene? En la vida puede ser una mendiga.

Melchor Sacristán cayó entonces en la cuenta de su pulcritud. Desde su posición podía ver las uñas pintadas de rojo, perfectas y cuidadas, los dedos limpios y el rostro maquillado. Le pareció una actriz de cine, una belleza de sueños durmiendo en un banco descolorido, en medio de una ciudad congelada por la impiedad y el otoño. Creyó imposible que una mujer tan hermosa pudiera caer en la indigencia sin despertar la piedad ajena, y se imaginó una rosa caída en un barrizal, con los pétalos enlodados y la esperanza muerta. “Es verdad “ pensó, “ La miseria es amiga de la fealdad. No puede ser una vagabunda “.

– Además no lleva bolsas como los mendigos -dijo alguien a su espalda-, a lo mejor está muerta… qué sé yo… que la hayan matado y la hayan puesto ahí… La vida está muy mala…

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Entonces llegó el autobús de la línea 15, empaña­dos los cristales, haciendo temblar el suelo con un rugido volcáni­co. Las puertas se abrieron y la gente subió sin volver la cabeza, acostumbrada como estaba a las extravagancias de aquella ciudad sin lógica, pero Melchor Sacristán permaneció pegado a los vidrios de la parada, como si un hechizo ancestral hubiera tenido la cortesía de embrujarlo. Podía esperar el próximo autobús y llegar a tiempo a la oficina. Sólo la mujer de la bufanda, desde el interior del monstruo rodante, volvió el rostro antes de perderse en la angostura del corredor.
En la acera, algunos funcionarios del ministerio se remolinaban junto al banco y las secretarias de las oficinas cerca­nas se detenían a mirar a la muchacha con sus bolsos colgados al hombro y el pelo revuelto por la brisa matutina. Melchor Sacris­tán no pudo contener la curiosidad y se acercó al corrillo.

– Yo creo que está muerta -dijo alguien.

– Para mí que está dormida -contestó otro-, porque los muertos se ponen amarillos y esta muchacha tiene buen color.

Un hombre mayor, con el pelo cano y el rostro picado de viruela, quebró la indecisión que embargaba al grupo, se aproximó a la muchacha y le tocó el brazo. Luego la tomó de los hombros y la zarandeó. Después le gritó en el oído y se volvió hacia los curio­sos.

– Está muerta -dijo-, si no, no se explica.

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Unos gorriones insolentes bajaron de los álamos, como hojas del otoño, indiferentes a la gente y al ruido, que ya se remansaba en la base de las nubes y despertaba a los barrios más alejados de la ciudad, impertinente y constante. Melchor Sacristán miró el talante de los pájaros y su plumaje grisáceo le recordó sin asomo de piedad el tedio irreversible de su vida; y todos los movimientos de todos sus días, hasta el resorte mecánico que los producía, carente a veces de toda intención, aparecieron frente a él como una barrera insalvable, como unas cadenas de oro, garantes pero firmes, que reducían su libertad más íntima a un simple pacto conformista con el bienestar. Aquella joven, dormida o muerta en el banco de metal, con las manos apaciblemente cruzadas sobre el pecho, despertó en él una curiosidad apagada por la monotonía de los autobuses y los horarios de oficina, y le mostró una dimensión desconocida de la libertad y del valor, la de poder dormir o morir un miércoles cualquiera de otoño en medio de una avenida sembrada de álamos, con alguna intención soterrada o simplemente por el placer de hacerlo, sin temor a las normas sociales o a los estereo­tipos televisivos, pero de inmediato sintió miedo, como los gorrio­nes, que ahora remontaban el vuelo asustados por los nuevos descono­cidos que llegaban al banco, y se refugió sin prejuicios en su abrigo de lana, en su corbata floreada y en su posición mediocre pero estable de oficinista hasta la muerte. Despertó a la realidad, reticente y confiado, y observó a la joven. Dos policías la inspec­cionaban sin atreverse a tocarla. Uno de ellos, al fin, le tomó el pulso.

– Está muerta -sentenció-, no hay duda. Habrá que llamar al juez para llevársela.

Un murmullo de afectación nació al pie del banco, desestabilizó el talante del grupo de curiosos y al fin se instaló en el alma hueca de Melchor Sacristán, mientras otro autobús de la línea 15 se detenía con estruendo en la parada y se fugaba después sin el pasajero puntual del cuarto asiento izquierdo de la fila derecha. Melchor Sacristán lo dejó marchar, sin ahogos, con cierto desafecto hacia la rutina sin inspiración en que había convertido la uniformidad de su vida, y persistió tozudamente en el misterio que envolvía la presen­cia de la joven. La expresión de serenidad, los ojos enormes y perfectos, cerrados como el telón de un teatro que acabara de representar la obra del mundo, los zapatos deportivos, blancos, vírgenes, sin barro ni desgaste, la ropa moderna y pulcra y el pelo abundante recogido en la nuca, como una almohada natural, como el resto de nube donde un ángel hubiera querido dormir para siempre. Y de nuevo creyó haberla visto en otro lugar, en un tiempo sin confirmaciones o quizá en un sueño tan compacto que la memoria no podía testimoniar. Hurgó en los habi­táculos de la nostalgia, en los rinco­nes ocultos donde el recuerdo camufla los nombres y las palabras, y no supo hallar las formas de aquella mujer, ni reconocer el timbre de su voz, ni tropezarse con una sola escena de su vida donde ella apare­ciera de una forma o de otra.

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La siguió mirando fijamente mientras el grupo de curiosos aumentaba, incitado por la presencia de la policía y la mezcolanza de conjeturas que empezaban a surgir en torno a la joven. En ese momento decidió ausentarse de la oficina por primera vez en veinte años. En la esquina, los cristales ahumados de una cafetería se habían convertido en un lienzo mágico donde la vida se reflejaba al revés. Se abrió paso entre la gente, entró en ella como el genio de una lámpara encantada y se sentó junto a los cristales. Desde allí vigilaba la escena sin ser contemplado por el mundo, ajeno al roce de las palabras y a la influencia del ambiente. Vio a los policías hablar por radio, a dos secretarias reírse con indife­rencia televisiva y a otro autobús de la línea 15 con la nostal­gia de media ciudad adherida a las ventanas. Entonces Melchor Sacris­tán pidió café, encendió un cigarro y sintió un vuelco en el cora­zón. De nuevo padecía en la piel el peso de la soledad, la abrumado­ra presencia del mundo sobre su sombra de contable sin fortuna, el lastre grisáceo de una familia programada por los hábitos y la sensación de niño perdido que lo acorralaba cuando el fantasma de la depresión se sentaba frente a él. Era en aquellos momentos cuando menos entendía la existencia, cuando su afán por resolver la ecua­ción de la vida se ahogaba en el desconocimiento y en la impotencia, cuando la misantropía ocupaba posiciones en su corazón y presentaba batalla a los gestos, a las miradas, a la casual e inefable presen­cia del prójimo, que ahora se agolpaba en la calle, frente al cadáver de un ángel caído, buscando una anécdota para esgrimir contra el aburrimiento del ministerio.

Justo cuando le trajeron el café se originó otro revuelo en la calle. Varios hombres bajaron de un coche y la Policía les abrió camino hasta la joven. Melchor Sacristán pagó al camarero. El corazón le brincaba en el pecho mientras el café humeaba en la taza como un mendigo despreciado por el mundo. Antes de llegar al banco comprendió que se trataba del juez y del forense, que se acercaron a la joven, le tomaron el pulso, le inspeccionaron la mirada con una linterna, la auscul­taron, le pincharon en las manos, le tomaron la tensión y por último la registraron buscando documen­tos. El médico se volvió hacia la Policía.

– Esta mujer no está muerta -dijo-, está simplemente dormida.

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Melchor Sacristán se acercó a ella con un sentimiento de infinita soledad pegado al alma. Nunca hasta entonces había estado tan cerca de la joven. Se atrevió a ponerle el dedo pulgar sobre el labio superior y sintió el calor de su respiración acompa­sada. No cabía duda, estaba viva. A su espalda, el juez y el forense subían al coche con una expresión de desánimo en el rostro. Un poli­cía se acercó a ellos con cierta precipitación.

– Señoría -preguntó-, ¿qué hacemos?

El juez se sentó en el asiento trasero, cerró la puerta y bajó la ventanilla.

– Ustedes verán -contestó-, no hay ninguna ley que prohíba dormir en la calle.

Entonces el policía se volvió hacia la gente en una incuestionable posición de guardia urbano y agitó las manos a derecha e izquierda.

– Vamos, circulen, circulen -gritó-, aquí no pasa nada, nada de nada, ¿es que nunca han visto a nadie durmiendo?

Melchor Sacristán recordó el sueño profundo de sus hijos, cuando los juegos de la infancia los derrotaban al atardecer en el sofá del comedor, mientras él veía el partido de fútbol y su mujer se enfrascaba hasta la ensoñación en el cuché de las revistas. Eran sueños abismales, lujuriosos, insensibles al fervor de los goles y al clamor de los anuncios, sueños inconcebi­bles que al final reaccionaban al tacto y se rendían ante la insis­tencia. Si un médico forense aseguraba que aquella joven estaba dormida, ni enferma, ni muerta, ni drogada, simplemente dormida, tendría que creerlo, pero jamás había sabido de un sueño así, ni se lo habían contado nunca en la oficina, ni lo había leído en los periódicos, ni le había sucedi­do a ningún personaje de las películas desgastadas que a menudo evocaba en sus largos viajes urbanos a bordo del autobús. Y de nuevo se sintió desconcertado por las sorpresas de aquel bosque de cemento donde un recién nacido podía amanecer en una papelera o una actriz de cine con rostro de ángel podía dormir hasta la saciedad en un banco de metal, en otoño, bajo la lluvia, insensi­ble a los pinchazos y al asombro ajeno.

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Levantó la mirada y el mundo se había ido. Las secretarias y los funcionarios habían regresado a las mesas de sus despachos a especular con la historia hasta la hora de salida y los policías subían al coche volviendo la vista atrás, como la mujer de la bufanda, como él mismo, aprisionado ahora en la nostalgia de sus tiempos más felices, evocando sus asombros infantiles, contrastándo­los con aquella experiencia a la que aún no daba crédito. Se acercó de nuevo a la joven y volvió a tocarla. No reaccionó. Seguía dormi­da. Entonces se sentó junto a ella sin saber a dónde ir; era dema­siado tarde para llegar a la oficina y demasiado temprano para regresar a casa. Le acarició el cabello y le resultó inverosímil tanta belleza, tanta perfección insensible. Él, Melchor Sacristán, se había visto siempre como el prototipo de ciudadano mediocre, extraño a los moldes modernos de la belleza, exento de originalidad, gris, anodino, depresivo y acomplejado, y hasta cierto punto le pareció imposible estar sentado en aquel banco junto a ella, bajo una llovizna impertinente que ahora empezaba a caer con denuedo.

Sintió ganas de marcharse, de olvidar aquella historia extraña que nada tenía que ver con su vida, de subir al próximo autobús y detenerse en cualquier sitio a pasar el tiempo, a ver los escapara­tes del centro o a tomar café en el interior de una cafetería con música, pero comprendió que no borraría de la memoria la presencia de la joven y que por la noche no dormiría pensando en el desenlace de aquella historia, de modo que aún permaneció junto a ella, esperando quizás que despertara por sí misma, acariciándole el cabello de vez en cuando, poniéndole el dedo bajo la nariz para comprobar los compases de su respiración, y así estuvo sin saber por qué hasta que el tiempo lo apremió y las manillas del reloj cayeron sobre el cuello de su paciencia como guadañas afiladas. No quería dejar a la joven en el banco, a merced de la soledad y de la lluvia, pero el horario rígido de su vida le imponía un regreso sin condi­ciones. A lo lejos vio venir el autobús, que se detuvo en el cruce de la avenida frente a un semáforo en rojo concediéndole así unos minutos de cortesía. Volvió a mirar a la joven, se acercó a ella e hizo algo que nunca antes hubiera hecho Melchor Sacristán. Atraído por su belleza y quizás también por algún sentimiento engañoso, la tomó de la mano y la besó en la mejilla. Entonces el ángel caído que dormía placenteramente en el banco de metal abrió lentamente los ojos y esbozó una sonrisa alejada de todas las sonrisas que antes se habían visto en aquella ciudad. “Gracias”, dijo. Y Melchor Sacristán dejó marchar también al autobús de la línea 15 que aquel día tenía previsto devolverlo a casa.

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