Hablando de todo

EPISTOLARIO IMPERFECTO

10926400_10205986415322315_335856328700686336_nMi amigo Oliver Marcos me envía esta particular foto de su tierra leonesa para que improvise un texto. Ha salido este microrrelato.

Sesenta años después volví por fin a la casa, sin querer, forzado por un perentorio impulso nacido en la duda. A la vejez, la resolución de ciertas dudas puede convertirse en una cuestión de honor o en un cargo de conciencia. O se resuelven definitivamente o lastran el tránsito al otro mundo. Y por qué no, quizás el destino permitiera al maquis Manuel Oropesa dejar entre las piedras de la casa una última carta de amor para María Atienza.

De niño yo pasaba por allí los miércoles y los domingos, con las ovejas. Los domingos recogía la carta de Manuel, plegada en un estuche de latón, y los miércoles dejaba dentro la de María. Así durante años, desde que acabó la guerra hasta el día que batieron a los maquis en los valles, un sábado al atardecer, en medio de una nevada infernal y sorpresiva. Entendí que al día siguiente no habría carta de Manuel.

Y ya no volví a acercarme a la casa. Nunca más, ni para refugiarme de los lobos cuando los oía cerca. Pero los años y la madurez me trajeron las dudas. ¿Y si Manuel se hubiera anticipado al destino? ¿Y si pasó por la casa el mismo sábado de su muerte? Preguntas como esa me royeron el alma durante años, incluso en el extranjero. Así que hoy volví allí. María Atienza está tardando sesenta años en morir de melancolía y no resistirá mucho más.

Removí las piedras, toqueteé el tiempo, y allí estaba, plegada en su estuche de latón, la última carta de amor de Manuel Oropesa. Se la leí en voz baja a María Atienza, perdida ahora en un mundo de infancias tangibles y tiempos imposibles. Y sonrió. Quizás haya olvidado a todo el mundo menos a Manuel Oropesa.

1 comentario
  1. Me sigues oliendo a Garcia Marquéz. Y eso,para mi, es un verdadero placer. Un gusto, como siempre, leerte….

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