Hablando de todo

La envidia

LA ENVIDIA

cuento

(Cuento popular del régimen. No apto para niños críticos)

Érase que se era, hace poco tiempo, hijo mío, en un reino cuyo nombre no quiero recordar, que la envidia se apoderó de las calles debido a la crisis originada por el dispendio de los vasallos. En aquel reino la envidia era un deporte practicado por las clases proletarias desde tiempos inmemoriales, siempre aspirando a más, haciendo víctima de sus dentelladas a los más laboriosos compatriotas, pero en los últimos años adquirió la categoría de pandemia, y vino a cebarse en aquellos que más riqueza generaban: los consejeros y ejecutivos de las cajas de ahorro.

Un sector del populacho, los perroflautas, que venían a ser como antaño los jacobinos en Francia, se ensañó con ellos y los criminalizó. ¿Y por qué, me pregunto yo y se pregunta la historia, si eran los más laboriosos de todos? Por envidia, hijo mío, por envidia. Aquellos consejeros trabajaban de día y de noche, sin quejarse, a cascoporro, y eran clientes de joyerías, agencias de viaje, restaurantes de lujo, sastrerías de postín, supermercados vip, marisquerías, discotecas, gimnasios… Un no parar, siempre creando riqueza y empleo, que por mor de eso trabajaban sastres, camareros, cajeras, anticuarios, viticultores… Menos los libreros, todos.

Fíjate tú, hijo mío, que gracias a ellos tenían trabajo hasta… ¿cómo lo diría para no ofender tus cándidos oídos…? Hasta las sexo-operarias, que nadie miró nunca por su negocio como miraron estos esforzados patriotas. Y claro, los perroflautas, que ya eran legión en aquella Alemania del sur y pretendían hundirla con revoluciones y atropellos a las clases productivas, fueron a por ellos y azuzaron la envidia en el reino. ¡Para qué decir, hijo mío, lo que tuvieron que sufrir aquellas pobres almas! Les quitaron cargos, los acusaron de ladrones, los llevaron a los tribunales… ¡Qué sé yo! Un calvario. Y gracias a Dios que los jueces, siempre prudentes, decidieron no procesarlos, que hubiera sido el colmo.

¡Qué mala es la gente! ¡Qué egoísta! ¡Cómo enloquece la envidia a las personas, hijo mío! Fíjate tú que llevaron a juicio a la marquesa consorte de Bornos, que ya es lo último, y le pidieron 100.000 euros por decir la verdad, que la pobre e indefensa anciana hasta tuvo que repartir octavillas en el juzgado, fundando con ese acto simbólico la corriente ideológica de los pijoflautas, que sin duda dará que hablar en el reino. ¡100.000 euros! Para gastárselos en porros, en vicios, en cochinadas o en bombas, seguramente.

No tengas tú a los consejeros y asamblearios de las cajas por lo que la gente dice que son, hijo mío, que es todo lo contrario. Y guárdate de la envidia y del populacho. Me gustaría decir ahora que colorín azulado este cuento se ha acabado, pero no puedo porque aún va por la mitad o menos. Hay cuentos que no terminan nunca y este es uno de ellos.

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