Hablando de todo

¡LO QUE ES UNA ALEMANA!

Cada vez que veo a la Merkel me acuerdo de mi amiga Erika. En lengua bárbara, Erika quiere decir “de gran alcance”, lo que induce a pensar en alemanes “de corto alcance”, aunque cueste creerlo. A Erika la conocí allá por los años 80, en la Carbonería, en la calle Levíes, donde yo vivía de alquiler. Por aquel entonces la Carbonería era un criadero de rojos, un antro de poetas, pintores, cantaores, gente de la farándula… lo que un probo señor de derechas definiría como gente de mal vivir. Y lo éramos.

Como buena alemana era adicta a la cerveza, y cada vez que venía a verme llegaba al apartamento con una caja de botellines de Cruzcampo, incluso alguna vez vino con dos. Una noche de verano, en aquel inolvidable patio de la Carbonería, le ofrecí una copa de manzanilla. Se la bebió de un tirón. A los diez minutos se iba a morir. Hasta el cantaor acudió. Hubo que echarle agua, airearla, sacudirla, tortearla, pasearla…

A la noche siguiente, en medio de otro cante, me dice: “Antoñito, manzanilla”. Ni corto ni perezoso, con una mueca de crueldad en los labios y el pensamiento puesto en el circo de la noche anterior, le llevé una copa. También se la bebió del tirón. Esta vez solo se tambaleó al levantarse. Se iba inmunizando. Dos días después, cuando llegué al local, me esperaba en un velador con una botella de manzanilla que ya llevaba por la mitad. Y tan fresca.

En vacaciones la traje a Montellano, que le encantó. Se comió un potaje de garbanzos con arroz, en plato hondo, como Dios manda, y sin levantar la vista de la cuchara. Al terminar le vi en los ojos azules el mismo brillo que la noche de la manzanilla. Hubo que llevarla al centro de salud porque se moría, pero al día siguiente mi tía tuvo que hacerle otro potaje. Y se lo comió, también en plato hondo y sin levantar los ojos de la cuchara. Ver a aquella muchacha rubia y delgada, por alta que fuera, rebañar tantos garbanzos con ese afán, impresionaba. Al terminar le corrían los chorros de sudor por la frente, pero se recuperó. Al tercer día quería más potaje. “Antoñito, solo te juntas con locos”, sentenció mi tía, y llevaba razón. Esta vez Erika se comió el potaje como si fueran habichuelas verdes. Ya estaba inmunizada. Veinticinco años después, viendo a la Merkel, empiezo a entender la historia.

Los compatriotas de Erika llevan dos mil años inmunizándose a los disgustos que les da el capricho de querer comerse a Europa. La que tuvieron con los romanos fue gorda, una y otra vez como Erika con los garbanzos. Y los rebañaron. Y a nosotros, que ya entonces éramos provincia de un imperio, nos cayeron encima de rebote, ellos y sus primos: vándalos, suevos, alanos, godos, visigodos, ostrogodos… El ciento y la madre, todos en busca de los jamones, las naranjas, el aceite de oliva, los garbanzos, el sol, las playas… Y luego dos guerras mundiales… ¿Que las pierden? No pasa na’, pon otra, Mariano, cuarto y mitad de conflicto.

Pero ahora con el euro se están saliendo con la suya, para qué nos vamos a engañar: aquí, hoy por hoy, manda Alemania. ¿Y qué hacen los próceres y bien cebados padres de la nación a quienes las ovejas hemos contratado para que nos gobiernen la patria y la cubran de laureles? Llamar por teléfono a Merkel: “Ángela, ¿de dónde recorto hoy, de lo mismo? ¿Cómo? ¿Que no? Vale… Vale, sí, subida de impuestos… Sí, que sí, mujer, que a los bancos ni mentarlos… ¿Cómo? ¿Que si el ganado rabón aguanta? Claro que aguanta, mujer, ¿no va a aguantar? Tú tranquila, que las ovejas son mansas.” Y en ese plan. Porque saben que la oveja es un bicho asustadizo que rehúye los contratiempos, no son como Erika, que se acuerda de los garbanzos y repite hasta inmunizarse.

Y me pregunto: ¿para eso estoy pagando a un Gobierno que cobra en un mes lo mismo que yo en cien años? Y eso en blanco, que en negro ni se sabe, ahí andan los jueces royendo el hueso. Para eso que me gobierne Ángela directamente y me ahorro un capital en sueldos y cuando quiera voto y la quito. Y otra cosa: siempre es preferible que te deslome una mujer antes que un tontolaba, que tarda más y duele el doble.

Hoy escribo sobre Erika porque el otro día me localizó en la red y dio con mi correo, me imagino que erre que erre, al más puro estilo ario. Aún recuerda la Carbonería, Montellano, la sierra y los potajes de garbanzos, y aún me llama Antoñito. Anda por Brasil escribiendo versos, que es lo que la hace feliz, aparte de la manzanilla de Sanlúcar. Comparte su vida con un mulato que pinta inmortales puestas de sol y tiene una hija a la que adora. No lleva un euro en el bolsillo pero es feliz, seguramente más que su compatriota Ángela. Me alegró recibir noticias de Erika después de veinticinco años. Los alemanes tienen cosas muy buenas, la principal es que nunca olvidan a un viejo camarada. Si Merkel es como ella, creo que cuando pase el chaparrón a más de un capitoste de esta España desangrada le aguarda un buen futuro.

(Facebook. 2 de mayo de 2013)

1 comentario
  1. Esto es una maravilla amigo Illanes. Me has hecho pasar un rato de lujo. Y, estando con la moral alicaida, te lo agradezco de corazón. Escribes, de lo que sea, como los angeles. Me lo llevo a mi muro. Un abrazo

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