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Personajes de “EL preferido de Dios”

PERSONAJES DE “EL PREFERIDO DE DIOS”

EL ACIBUTRE

A partir de hoy está a la venta mi novela “El preferido de Dios”. Y esta mañana me he llevado un disgusto, porque esto de escribir tiene su riesgo. Verán. El sujeto del retrato es conocido en Sevilla como el Acibutre, una yerba dañina donde las haya. La echan ustedes a una charca y a los diez minutos hay una docena de peces flotando en la orilla. Peor que un Gobierno de corruptos.

Estaba yo desayunando en el bar y se me sentó en el velador. Venía a darme las quejas. Su papel en la novela es más relevante de lo que merece un canalla como él, pero está en desacuerdo con el tratamiento dado a una anécdota, contada de paso, a la ligera, sin influencia en la trama. Y venía en plan chulo, como es él. Los pies en la mesa, el cigarro en los labios, el sombrero sobre los ojos… Me extrañó mucho porque no sabe leer –si se fijan en el retrato, las letras de la carta están boca abajo-, algún chivato le habrá ido con el cuento.

El caso es que en su juventud tuvo un altercado con otro personaje llamado Tomás Prieto el Cigarrón, un gitano de armas tomar. Según dicen, el gitano le pintó un jabeque en la mejilla izquierda por un asunto de faldas. Con una albaceteña de dos palmos. Yo conté la anécdota como la escuché, y él dice ahora que fue al contrario. Que rectifique. Que retire la novela del mercado y cuente las cosas como son, que por ahí no pasa.

Me asusté porque es un individuo peligroso, el brazo derecho de don Justo Manuel José Carlos Quintano del Moral y Álvarez de Mujía, VI marqués de Santiponce, un bellaco ennoblecido por el apellido y el incienso. “No vaya a ser usted como el Marhuenda ese que escribe periódicos” me dijo, “o deja de echar mentiras y cuenta las cosas como Dios manda o la vamos a tener”.

Intenté explicarle que una novela es una historia de ficción, que él solo era un personaje más, una creación mía, un engendro de mi imaginación, alguien por desgracia sin derecho a compartir el desayuno conmigo y mucho menos a decidir. “Pues tienes veinticuatro horas, Pepito”, me dijo rascando con las uñas negras las cachas de una navaja que llevaba en la faja, “ni un minuto más”.

Así que ya me dirán ustedes. La cosa no tiene arreglo y para el Acibutre es una cuestión de honor, cualidad moral que desconoce, pero por la que está dispuesto a matar. Aunque ustedes no lo crean, este oficio de escritor, aparte de poco rentable, puede resultar peligroso, muy peligroso.

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